domingo, 22 de agosto de 2010

Cuatro


Bitácora.
Domingo 22 de Agosto de 2010
Contó, a las diez horas de los presentes, cuatro ciclos. Sin creer en ninguna divinidad, inercialmente intentó dar gracias a…, se detuvo antes de lograrlo, sólo lo pensó, pensó agradecer por su llegada, que sin quererlo cambió todo, todo lo cambió.
Cinco de la mañana. Contracciones. Una llamada. La espera insoportable. El vecino oportuno que ofrece su auto azul. Tiempo insuficiente. Tránsito congestionado. Ella tiene prisa, no puede esperar más. Decide asomar la sien haciéndose acompañar de aguas blancas, administrando el dolor más grande que la humanidad puede soportar. Los huesos se abren. No hay anestesia, camilla ni enfermera que les asistan. Llega, por fin. Morada. Superficie cálida, húmeda. Una especie de conducto les une aún, blanco, viscoso, palpitante. Impresionante.
Cambió todo. Todo cambió. Lo cambia todo, cada segundo, lo hace magistralmente. Su mirada, su sonrisa, su voz, su llanto, sus logros, sus hazañas. Toda ella.
El miedo crece. Este andar puede ser tan terrible o hermoso como incierto es el azar. Cierto, se pueden tener aproximaciones, hacer conjeturas, pronósticos, vaticinios. Cierto que lo incierto gobierna, aunque la ciencia pretenda demostrar lo contrario. La ciencia. Falacia de la humanidad.
Silencio.
(Lamenta no poder dar más, las letras necesitan respirar, sazonarse, soltar su jugo)

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