Narración.
Lunes 30 de Agosto de 2010
Como era costumbre, ignoraba la ubicación de su móvil en la inmensidad de la pequeña cueva. Había dado poca importancia al naufragio dado que de vez en vez intentaba des enajenarse del aparatejo durante aquellos días de la semana en los que ni se trabaja ni se estudia. Hasta que tuvo que recordar que hacía días no lo veía por ningún rincón, ni mucho menos había escuchado el sonido chirriante del tono para llamadas o mensajes, melodía ridícula en el primer caso y el canto irrisorio de una rana para el segundo. Por si fuera poco confirmó al hallarlo debajo de la cama, tras una búsqueda perezosa incitada por el reconocimiento de sus limitaciones para recibir el amanecer con la asistencia contingente de su reloj biológico, sus sospechas de la falta de batería, evento tras el cual cualquier intento de comunicación sería por demás infructuoso.
Dio por fin con el bendito invento que le facilitaba (por no decir que le obligaba la mayoría de las veces) abrir los ojos y arrojarse fuera de la cama unas veces con ganas, otras tantas sin ellas y mentando madres en punto de las cinco horas de la madrugada, cuando apenas conseguía contar dos horas de haber entablado idílica relación con Don sueño fugaz.
Con toda calma buscó el cargador, lo conectó. Jamás hubiera podido imaginar dar con lo que le llegaría segundos más tarde. La pantalla decía, además de los datos de rigor (01.35, abajo, 30/08/10), 1 mensaje recibido. Siguió la ruta por demás conocida, Ver. Quién querría ver un mensaje como aquél. –Laura, me voy b suicidar. Te ame. Adiós.-
Parálisis mental. Absorto. Mente poco lúcida imposibilitada por instantes de pensar con claridad. Incapaz de razonar. La adrenalina que suele llegar de golpe ante una eventualidad extrema o inusual no se hizo esperar. Como receta de cocina, llegó de golpe el hervor de la sangre.
Miedo. Terror.
Cuando pudo volver a la experiencia sensorial y controlar un poco el temblor incontenible de todo el cuerpo, desde las extremidades hasta el último milígramo de piel que le ocupaba, se vio buscando la fecha en que el mensaje había sido enviado. 28/08/10. ¡Mierda! Habían pasado dos días ya. La adrenalina devino vértigo. Mareo. Dos días desde que si el valor le fue suficiente al emisor, el corazón se habría detenido. Muerto, hace dos días.
No vaciló para llamar a la casa materna del ahora supuesto difunto, imaginando lo que bien podía estar sin duda alguna sucediendo o terminando de ser. – ¿Estarán en el funeral?- se preguntó –O quizá ni siquiera estén enterados, tal vez ya lo enterraron o acaso habrán incinerado sus restos-
-¿Sí, bueno?- Atendió una voz fémina, adormilada y razonablemente tolerante y amable para la hora impertinente de aquella llamada telefónica.
-Buenas noches, ¿se encuentra Edgar?
-No, no se encuentra, ¿quién le llama?
-Alicia. Buenas noches Señora.
-Edgar no se encuentra, no llegó a dormir.
(Silencio de las interlocutoras. Ruido ambiental)
El diálogo continuó. Pero a estas alturas del diminuto intercambio de información, el vértigo aquél terminó de sumirle en la inmensidad del vacío cuando escuchó la frase minúscula y paradójicamente monumental -no llegó a dormir-. Para una madre de cuatro hijos cuyas ideologías eran tan independientes, mentalidades tan abiertas, hombres al fin, que un hijo varón de recién cumplidos veinte seis (precisamente el día que el mensaje fue escrito), universitario, de múltiples vicios, manías y malas costumbres falte una noche o dos o muchas a dormir a casa es lo más natural del universo entero, qué de raro podría haber en la falsedad de esa ausencia.
Dubitativa emite algunas consonantes sin poder por algunos segundos formular la siguiente pregunta. No quería ser quien diera la noticia, aún había la posibilidad de que todo fuera un sueño, una broma o un intento cobarde por acabar con la vida. No se atrevía a dar una preocupación vagamente infundada a la madre, no, esa no era la intención.
-No sabe cua, don…
Su interlocutora le interrumpe.
-Es que a veces no llega, se queda a dormir en su otra casa. Quién lo busca
-Ali
-Alicia, ¿verdad?
-Sí. Alicia.
-¿De la escuela?
(Duda) –Sí. De la universidad. (Mentira, qué más da. No podía decirle que quien estaba del otro lado era la chica que le había roto el corazón a su hijo a los doce años. Esa información vital no le hacía falta, la madre la odiaba y no podía siquiera escucharle el nombre maldito, Laura, había desaparecido de la memoria de todos ellos y no podía de la nada resucitar. Así que dijo su segundo nombre, por miedo a represalias. Sabía que el susodicho muchas noches no dormía en casa de la madre, pero que esta noche no estuviera ahí, ni durmiendo en paz, ni durmiendo como mortal, le dio una segunda luz de esperanza. Sí, cabía la posibilidad de que no se hubiesen enterado, pero también de que si no había del otro lado del auricular el silencio particular de un sepelio aún podría estar entre nosotros.
Terminó la conversación. La madre advirtió que era una hora muy poco propia para buscar a un compañero de la universidad. Ella le dio la razón y comentó que se trataba de algo urgente, quería terminar pronto con el diálogo, temía que el temblor en la voz le delatara y su interlocutora comenzara hacer preguntas de más. Convino la madre enterar al joven de la urgencia de su fiscal.
Auriculares a sus puestos.
No podía dejar de temblar, se guareció impávida frente al monitor de su ordenador. Perdida en la nada. Creyó dogmáticamente durante algunos instantes en el acaecimiento. Tal vez era una despedida metafórica, quizá moriría una parte de aquél para dar lugar al nacimiento de un nuevo yo. Que mierdas puede uno pensar en una situación así.
Recordó que le quedaba un poco de crédito en el aparatejo de las comunicaciones distantes. Marcó. Respondió, adormilado el autor físico e intelectual de aquel criminal mensaje atroz. El diálogo no importa demasiado. Él, adormilado, apenas capaz de articular palabra inteligible. Ella, aterrada por lo que sucedía e incrédula de la indiferencia del otro.
Él dijo –No te preocupes, todo está bien-
Así, con esa desfachatez. ¡Cómo era posible respuesta tal! ¿Qué se supone que uno debe pensar en un caso así, después de leer un mensaje como ese? ¿Acaso existe un manual donde se dicten las reglas para quien no DEBE preocuparse en caso de anuncio de suicidio del mejor amigo?
Después de todo aceptó el mensaje en su carácter metafórico. Dar muerte a lo que uno es para que en su lugar llegue cualquier otro desconocido, por supuesto es un suicido. Ahora lo entiende y lo ve todo con reminiscente claridad. Él, dio muerte a sí mismo y ella ahora lo desconoce física y espiritualmente, lo reconoce en la memoria de los años mozos. Guarda silencio. Minuto de paz.
Silencio.
Ocho vocablos.
Un adiós.
Por la muerte de aquel que murió por que se suicidó.