domingo, 5 de septiembre de 2010

Incompletud. Término rechazado por el procesador de textos de mi ordenador.

Bitácora.




12:09

Madrugada del Lunes que para mí sigue siendo:

Domingo, 5 de septiembre de 2010.



De vuelta a la escritura simple y anecdótica, poco creativa pero necesaria para retomar el hilo y el ritmo. No sé (espero no sea ésta una constante creciente) cuántas veces más pediré disculpas por la falta de regularidad en la bitácora, me es difícil pasar por alto la necesidad inminente que me asalta al encuentro del inmenso fondo blanco, al que me aduce el compromiso académico y la responsabilidad ética y moral propinada por mi condición de colegiala; ahora que si a esta la dejo de lado, me sería más cómodo escribir no tan seguido, pero, no más de la misma sopa. A callar. ¡Que fluyan las letras!



Deber nuestro era visitar este fin de semana la sala Xavier Villaurrutia para intentar incrementar la audiencia (que al final de la jornada fue lo que menos le hizo falta) a la puesta en escena Más pequeños que el Guggenheim, dirigida por Alejandro Ricaño (información por demás innecesaria en éste espacio y que se registra sólo con fines prácticos) y por otra parte, por supuesto, enriquecer el propio acervo cultural inmaterial; además de entregar o publicar (si bien entendí) un comentario crítico en torno a ella. Lamentablemente las localidades se agotaron muy pronto y nos quedamos sin obra, crítica y tiempo libre que nos robara el viaje hasta el escondido Centro Cultural del Bosque, para al final quedarnos con no más que una honda tristeza, momento propicio para un agradable y consolador tabaquito.



Pausa.



Los avatares de la vida académica me arrastran a la inevitable ignominia del deceso temporal. En breve espero poder continuar. Es irrisorio, lo sé. Pero por ahora no estoy del todo concentrada en el tema que quiero desarrollar. A la vuelta, la reseña de Cuando me quedé sin localidad.

2 comentarios:

  1. Tópicos poco típicos insolubles.

    He aquí una serie de propuestas para la labor de la joven escritora escribiente inscrita en el espacio en blanco.
    Si bien, la multiplicidad de espacios, de hojas, de pieles llenas de vacios, aún proponen la espera de la cúpula, no es posible iniciarse en la quema de milpas previa a la cosecha sin antes tener presente la imagen de la semilla.
    Los jóvenes mixquiltecas, como es sabido, ofrecen las sienes antes del parto. Cálida caricia a la semilla, saludo a lo innombrable. Por ello la creciente controversia sobre la implantación de lo semánticamente incomprensible, el deleite. Sin embargo, la polisemia de la semilla aun no es asequible más que dentro de la hierofanía diaria de su sonrisa.
    Como la hidroponía, conocida ya por los mixquiltecas dentro de los primeros años de su civilización e implantación como cultura dominante del ensueño, la hidratación de vuestra presencia sería suficiente para colonizar el terreno más desértico de la zona norte del glacial ventromedial de las cavidades coronarias de éste que escribe.
    Espero no se me coloque en el extremo opuesto, también participo de las gotas. Sin embargo, en la preñez de muchos años, en la locomoción del pez, en las entrañas del texto, en el recato y en el recado, en el chisme estrujado por la psicosis social de las masas abruptas y violentas que sucumben a la impronta del parpado, también he nacido. Pero ello no ha sido por merito propio, de sus entrañas vengo.
    “Favor de no sacar las sillas al jardín”, declaración imperativa que debería terminar en “hacer del jardín una silla”. De tal suerte que las cadenas no nos detengan de los glúteos sino de la pachamama en un secuestro gozoso. En las entrañas vivo.
    Si bien el acertijo no es por sí solo un motivo, si lo es el misterio, ese que también he visto nacer en vuestros ejercicios matutinos. Sea en el maullido del perro o en la pata de la silla de jardín, una clara yuxtaposición de lo eternamente sin importancia. Y ahí está de nuevo, con la inquietud marcando el paso. Paso extraño, ajeno, elocuente, como la ola que habita los mil rincones de mi almohada, los mismo que esperan se colonizados. A las entrañas regreso.
    Si se ha percatado la joven escribiente, las viseras están por todos lados de la propuesta, mis entrañas. Incluso en las pausas, incluso ahí, en la víscera, en la hiel, en el infortunio, la constante es la misma, vos.
    Por lo tanto no ha de olvidarse la libertad de la cárcel en blanco, esos límites precisos para volar, para ser devorados como quien acaricia el paisaje; ya sea por el vuelo del lápiz, la vida de la marsopa, el cáliz, la nausea, el computador-ladilla, el parpadeo, la retorica, el desencanto y la desconfianza; el desayuno, la maroma y el circo; los limites propios y la ropa limpia; el rocío de sus palabras, la tinta derramada, la soledad y los labios color carmín.
    Mis entrañas soy.
    Un suspiro que no me pertenece, es vuestro, lo demás, lo demás también.

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  2. Alicia: de todos este es mi texto favorito: tiene una naturalidad por decirlo así... qué pena, por otro lado, que no hayan podido ver la obra...
    saludos,
    brenda ríos

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