Desea con todas sus fuerzas gritarle. Que se quede, que no se marche, que se quede a su lado, que caminen siempre juntos, que le lleve consigo. No puede hacerlo, en la búsqueda de sí mismo, tan incesante y necesaria, el otro ha rogado que no lo haga. No puede insistir más. Pero es insoportable, mirar sus ojos y encontrar la nostalgia de la despedida que aún no llega. Importan poco los sinsabores cuando la distancia se aproxima, cuando los kilómetros amenazan con sumarse y advierten la ausencia total de su piel. Es insoportable, un dolor insostenible. ¿Cómo vivirlo? No lo sabe. ¿Qué hace un pequeñito cuando siente próximo el agridulce sabor del limón que provoca escozor en la herida de la lengua acuchillada por la mordida del lobo feroz? ¿Cómo sostenerse de pie, cuando no sólo las extremidades se tambalean, cuando el ser mismo es una catástrofe natural, cuando todo se desquebraja hasta dejarles pendiendo de la nada?
La Nada. Debería ser ella su respuesta. Porque la Nada, dice la bestia más bella, aquella que libre siempre ansía la mar, Es. Es la vida, Es, precisamente, las ganas de ser, de no solo ser, también de ser consigo, con el otro, con el todo. Ser el todo con el otro. Ser. Quiere ser el todo consigo y con el otro. No puede, su solicitud no fue aceptada. ¿Cómo dejar de crecer el mar, cómo contener la intempestiva fuerza de sus olas, como parar al cuentagotas?
El sendero se ilumina… Doce cuentos. Paredes. Un techo. Los sueños...
La hora ha llegado.
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